En clau de do

La traición del instrumento

Como cada temporada, el primer viernes de septiembre retomamos los ensayos de la orquesta después de las vacaciones.

A pesar de ser el último día de la semana salgo relativamente tarde de la oficina. Han sido unos días bastante intensos, con dramas caóticos de la vida cotidiana de una empresa, pero al fin voy camino a casa y en un rato podré desconectar tocando junto con el resto de compañeros de la orquesta.

Llego a las 19:03 con el tiempo justo para tomar el té, conversar un momento con mi madre de cómo ha ido el día y sobre todo: recoger el instrumento. Antes de cambiarme de ropa, decido abrir la funda para afinarlo. Después de tantos días, y cambios de temperatura, y las tormentas de este verano tan atípico… En quince minutos debería salir de casa así que me apuro y abro el cierre de la funda, abro la tapa y no puedo creer lo que estoy viendo, es una traición en toda regla. No lo entiendo! 19:14 tic tac… la traición del instrumento.

¿Qué puedo hacer?

El ajustador del cordal se ha roto, era de tripa y más de 100 años supongo que son muchos ¿pero justamente hoy? Al romperse el ajustador, el cordal, el puente y las cuerdas se han soltado sin embargo no se han roto aparentemente. De repente el corazón se me acelera, siento las pulsaciones en el cuello y me sube la temperatura corporal en mili segundos con la duda, la gran duda: ¿el alma sigue en pie o se ha caído? Al menos la tapa de abeto centenario no está partida… A toda prisa manoteo en el suelo hasta encontrar el teléfono mientras sigo buscando con la mirada algún desperfecto más. Enciendo la linterna para alumbrar dentro de la caja armónica del instrumento. El alma está en su sitio y no!, por suerte no hay signos de daños internos. Qué alivio! Tic tac… ya son las 19:17 y no tengo tiempo real de repararlo, debería quitar el ajustador de otro instrumento, colocarlo, afinarlo.

Literalmente imposible.

Me pongo en pie, me doy media vuelta y colgado en la pared en su sitio de siempre, se encuentra él, el otro, el ex-instrumento. Sereno y elegante a pesar de la situación desesperada de su alrededor. Todas las cuerdas en su sitio y aparentemente listo para tocarse. Lo cojo y coloco en posición de forma natural. La posición de acople es casi perfecta, y en menos de dos minutos lo tengo afinado y preparado para el ensayo. El sonido que invade la habitación al frotar las cerdas del arco contra las cuerdas es limpio y seguro. La sensación es la de volver a casa; dulce y profundo en los graves, brillante en los agudos… sin embargo en comparación con el otro, quizás con menos personalidad, sobre todo en las notas más graves. No obstante han sido muchos años juntos y la complicidad es evidentemente reconfortante.

Quito el gran instrumento traidor y por el momento destartalado de su sito y coloco al ex–instrumento en su lugar. Al colocarlo escucho en mi cabeza: “¿Claro, ahora me necesitas verdad? ¿Hace cuánto que no me tocas realmente? Creo que me merezco una explicación.” Con toda razón. Mi idea era alternar los instrumentos, aunque últimamente con el afán de hacer vibrar más la nueva adquisición porque lo necesita verdaderamente, le he dejado de lado por mucho tiempo. Y al final el ex-violín, mi violín, es quien no me abandona justamente hoy en el primer ensayo de la temporada.

El segundero del reloj sigue clicando desesperadamente y no tengo tiempo para melodramas. Guardo el arco, cierro la funda y salgo camino al ensayo con Mi violín.

A pesar de la intensidad de la última hora, llego con tiempo para terminar de afinar el violín con el oboe y la orquesta, aunque me quedo con todas las ganas del mundo de contarle al resto de violines lo ocurrido.

Patricia Albornoz – violinista

2018-09-14T13:07:58+00:0014 de setembre de 2018|Categories: En clau de Do|